Ayer fui a comprar algunas cosas de Ãndole cotidiano: pan, queso, detergente, pasta de dientes y un yogurt. Frente al supermercado habilitan por estas fechas la jugueterÃa y sin pensarlo dos veces entré.
Cruzando el umbral me surgieron varios pretextos, entre ellos, que serÃa bueno comprar un Scrabble y que le habÃa prometido a mi sobrina un juego de memoria con figuritas porque ya no le gusta jugar con las barajas de su mamá.
Antes de llegar a los juegos de mesa zigzagueé por todos los pasillos. Hay unas pistas de coches buenÃsimas y otros juegos de destreza que debà haber tenido antes. En donde más me detuve fue en el pasillo de las muñecas. Sà ¿y qué?
Pensé que me gustarÃa tener una hija para comprarle una muñeca, o en realidad me gustarÃa tener una muñeca para sentir que tengo una hija. Las veces que pienso en hijos, siempre pienso en tener una niña. Pero casi no pienso en tener hijos, quizá sólo cuando voy a las jugueterÃas, pero entonces me doy cuenta que más que tener niños, me gustarÃa tenerme a mà misma de niña. Comprarme una muñeca sin pudor, cambiarle los pañales y luego refundirla en el closet sin volver a saber de su existencia. A lo mejor eso mismo harÃa con una hija. Dejarla crecer como planta. No puedo prodigarle cariño suficiente a mis gatos. Debà comprarme una muñeca y tratarla como solÃa hacerlo: pelos cortados, cara con marcas de plumón. Barbies con piernas mordidas hasta que se les asome el plastiquito. Bebés con ojos sumidos. Y ya sé, después me arrepiento y lloro y trato de arreglarlo. Asà soy con todo, asà mismo fui ayer. Primero puteo a mi amorcito y luego me voy a ver juguetes...
Ay hija de la chingada.

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