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Estoy en mi seminario de Ética PolÃtica (¿era seminario o es diplomado? ¿qué papelito obtendré en esta ocasión?). El café es malÃsimo pero las galletas muy buenas, tal y como lo dicta la ley de carbohidratos y lÃpidos: a mejor sabor, las calorÃas se multiplican exponencialmente. Son de mantequilla. Ya perdà la cuenta de cuántas comÃ. Creo que soy la única que come galletas, las demás canastillas siguen llenas y la que tengo cerca ha disminuido bastante su contenido.
Hoy no está tan mala la cátedra, tiene razgos interesantes liegeramente aderezados con lugares comunes, sin embargo como el nivel del grupo es bastante disparejo... no está mal. Escucho a ratos pues al salir de prisa de casa tomé un cuaderno cualquiera que resultó no ser "cualquiera". Era un cuaderno del 98 con un par de ensayos escolares sobre sociologÃa latinoamericana y otro más para mi clase de apreciación estética (añorado arcaÃsmo de escribir primero a mano y luego en la computadora con el programa ese tan poco práctico de "write". De escribir en el metro, en otras clases, en la biblioteca... añorados dÃas de correr de aquà para allá). Los dos primeros ensayos están llenos de palabras como "imperialismo" "fascistización" "neolibralismo" "revolución" "democracia". Parecen más panfletos que ensayos, pero echo de menos a esa Beatriz idealista a tope, idealista hasta la necedad. Lo que me jode es que no ha pasado tanto tiempo y ahora me siento mucho más conformista. Como me siga haciendo concesiones lindaré peligrosamente con el centro y luego con la derecha y aaarghhh... ahà sà que mejor me doy un tiro. Es que definitivamente, desde la derecha la vida se concibe de una manera tan insabora, tan incolora, tan calculada, tan mierda...
Claro, ahora sé que la revolución no es cambiar las putas galletas de mantequilla por tortillas duras. Algo tenÃa que aprender en este trueque de ideales por acciones. Algo tenÃa que aprender y mucho ha dolido. Me extraño bastante de mi misma. Me duelo.
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