jueves, junio 06, 2013

Gracias a ti

Querida A:

Es curioso que dos días antes de que llegara tu carta yo había comprado una Moleskine. A la mía ya le quedan poquísimas hojas, todas salteadas y además está bastante perjudicada.


Foto que da fe de los daños externos de la libreta

Empecé a construir mi libreta con la siguiente lógica: de adelante hacia atrás (en el modo convencional, digamos), iban mis apuntes, anotaciones, borradores, ideas para poemas, cartas, cuentos, etc.  De atrás hacia adelante iban las anotaciones de la vida misma: que si falta papel del baño, que si tengo tal presupuesto que nunca alcanza, que si la lista de las cosas para la maleta, que si la referencia bibliográfica o el teléfono de Zutano.

Un orden sencillo y convencional que fui incapaz de respetar porque empecé a usar las hojas del centro, después intercalé una poesía con una lista de la compra (en realidad eran bastante parecidas), luego anotaba rápidamente cosas en cualquier esquina... en fin, un autorretrato. Un testimonio de mi caos mental. Escribo poco en la Moleskine. Esta me ha durado años.  Ahora que la reviso se convirtió más bien en una libretita de viajes porque me he vuelto muy dependiente de la computadora.  
Apuntes insulsos de una larguísima espera en un aeropuerto


Me dices que gracias, pero más bien gracias a ti porque estas cartas son el único desahogo de un fin de año doctoral en el que se me acumula todo: entrega del avance, trabajo de campo a destajo, ponencia y organizaciones de cursos.  Como te decía, hay de letras a letras y yo ya espero también que pase este trance académico para ponerme a escribir de estas otras,  que como bien dices en tu carta, son un abrir la llave.

En este preciso momento me estoy tomando un tequila. El tequila de los jueves. Este va a tu salud. Ayer me tomé otro convencida de que también era jueves. Me armo calendarios caprichosos cuando las cosas se ponen rudas.

Disculparas esta carta salteada, apresurada y emborronada pero no doy para más y se vienen días de mucha lectura, acomodo bibliográfico, redacciones que no convencen y corsés teóricos. Si no la hago ahora tequila en mano, ya no veo claro cuando pueda contestar con cierta decencia.  Así que aquí va esta carta ilustrada con todo mi cariño. De momento  vamos armando el kit Posmonauta: gabardina y moleksine.  A ver qué otros artilugios nos van configurando.


Besos a montones,


B.

PS: Quedó muy moderno tu blog.  Me gusta.  A este ya le toca su manita de gato. 

domingo, mayo 26, 2013

De gabardinas y pudores

Esta carta es la respuesta a esta otra: Ridículo 

Mi querida Posmonauta A:

Pues fíjate que por mi escuela de monjas sí rondaba el típico exhibicionista de gabardina.  Al principio pensé que era una leyenda urbana pero creo que incluso se habló de él en una reunión de padres de familia.   Siempre deseé encontrármelo por el morbo, claro, y porque  tenía lista la respuesta para la ridiculización. Por supuesto, nunca me lo encontré.  Años después, volviendo de la Facultad me topé con otro exhibicionista que desde su coche preguntaba una dirección y cuando me acerco, zaz...  Como no lo esperaba, porque ni él llevaba gabardina ni yo andaba ya a la caza de exhibicionistas, no tenía la respuesta ridiculizadora a punto.  Ni siquiera me acuerdo de cómo reaccioné pero seguro no fue de una manera creativa o decidida. Siempre me lamento cuando no tengo la respuesta. Ya sabes l'esprit de l'escalier. Y es que tener una respuesta a tiempo y bien encajada, es una pequeña victoria. A lo mejor es por eso que me tardé un poco en responderte: no sabía por dónde acometer tu carta sin seguir dándole vueltas ridículamente al tema del ridículo y en cambio, sí, para ir tocando otros temas más interesantes que planteas.

 Yo no estoy tan segura de que nos haga falta un abandono a lo J.K. Rowling, una necesidad material para escribir. Trabajamos todo el día, todos los días, con palabras. Más que con palabras (también lo haría un pintor de rótulos), con ideas que tenemos que transformar en palabras. En mi caso, decidí que las ciencias sociales era un terreno cómodo, un medio camino. Hace poco escribí en un correo que si había tomado la vía de la antropología para explicarme el mundo, era simplemente por cobarde. No dije más y tampoco me pidieron más explicaciones.  Cuando lo decidí no lo hice pensando en que las ciencias sociales me permitirían agarrarme a la escritura sin dejarme llevar por el valiente impulso de la escritura creativa, sin embargo, es así. 

Te transcribo unas líneas de G. Josipovici en Moo Pak, un libro que acabo de leer y que me pareció genial:

A veces pienso, dijo, que mi papel consiste en mostrar qué pasa cuando se tiene la necesidad de escribir pero no el talento ni la formación ni la experiencia, cuando falta la habilidad pero la necesidad no se apacigua. Porque al fin y al cabo eso es interesante por sí mismo y no hay duda de que es una situación que, si bien no es general y universal, al menos no es una característica únicamente mía. Si no, no habría tanta manía por las clases de escritura creativa, los certámenes poéticos, las cursos veraniegos de escritura y todo lo demás. Pero nadie ha abordado esta situación, dijo, todo el que participa en este tipo de actividades se imagina que hará la transición de no-escritor a escritor de una manera fluida y natural. Ninguno se ha parado a pensar qué significa en el mundo de hoy en día no tener talento y en cambio sentir la punzada de la necesidad. Al fin y al cabo, el criterio para evaluar una obra de arte es que ha de ser bien hecha y bien acabada y del todo separada de sus orígenes confusos y demasiado humanos.
El libro en cuestión.  Lo leí en catalán pero también está en español

Cuando leí ese párrafo lo suscribí porque ese limbo de no-escritor en vías de..., contiene una dosis de angustia pero también otra mayor de comodidad y porque yo sí he pasado por talleres con mayor o menor fortuna. Sobre todo lo suscribo porque al final, si la obra de arte ha de estar bien hecha, ya no cabe duda de que se está escribiendo en serio.  La cosa es que en la dispersión y tal, no soy capaz de concretar demasiadas cosas que tengan que ver con lo estrictamente literario.  En cambio siempre acabo resolviendo, acuciada por el deber, los ensayos, artículos o avances que se me van poniendo en el camino académico. Es como si el "deber ser" se manifestara ahí y yo misma no tomara en serio mis propias letras.  Un día mi mamá me dijo: "Ya deja de estudiar tanta cosa y ponte a escribir, que eso es lo tuyo". Pero lo "mío" me da mucho miedo. Por el ridículo, sí, pero también por descubrir de manera definitiva que es una necedad, que acabaré escribiendo para que mis amistades digan "ay qué bonito" de la misma forma en que se lo dicen a las viejas que tejen compulsivamente carpetitas de crochet, que mostraré las miserias que esconde la gabardina y no lograré sorprender a nadie porque solo hay un cuerpo, como el de tantos otros, o incluso peor.

Y bueno, sí, sí tengo gabardina,de hecho tengo dos porque me encantan.  Una negra y una beige. Me gustan porque ocultan pero sugieren. Así que ya con gabardinas, armémonos de valor y salgamos a pasear.  Si nos llueve, al menos podremos sentir que vamos protegidas. Si no nos llueve, no importa, forma parte del uniforme posmonauta, las razones ya han quedado claras en tu carta y en esta.

Te mando muchos besos,

Posmonauta B.


sábado, mayo 11, 2013

Primera carta posmonauta


Esta carta es parte de un intercambio epistolar que pretendemos hacer A y yo.  Ella responderá en su blog y y yo seguiré, obviamente, en este. Nos cansamos de los 140 caracteres del twitter y de las fotos de gatitos del facebook así que regresamos a nuestros principios cibernautas: el blog.  No sabemos cuánto nos durará el juego ni cuánto tardaremos en responder. Las posmonautas, somos impredecibles, dispersas e inciertas pero muy bien intencionadas.

Querida Posmonauta A:

Empiezo aquí nuestro ejercicio e-pistolar a cielo abierto. El intercambio de cartas me parece una de las cosas egoístas más bonitas que existen: el que escribe se queda muy a gusto despachando las ideas que tenía en la cabeza y el que lee se siente satisfecho de saber que alguien escribió pensando en él. Si además le añadimos el fascinante ingrediente del voyerismo, ya tenemos un buen coctel ¿A quién no le gusta fisgonear en las conversaciones ajenas? A mí sí. Y releer las conversaciones propias, también.

No es la primera vez que me embarco en un ejercicio epistolar aunque sí es la primera vez que las cartas van sin sobre para que las lea cualquiera. Bueno, también tiene que ver con que las otras misivas contenían en mayor o menor medida, algún ingrediente romántico-sentimentaloide y ya lo decía Pessoa: “La verdad es que hoy mis recuerdos/ de esas cartas de amor/sí que son/ ridículos”

Últimamente he estado pensando en el tema del ridículo. El ridículo propio, obvio, pero también en lo ridículo como concepto. Hace un par de días veía por el enorme ventanal de una cafetería, una esquina de Barcelona que siempre me ha parecido muy hermosa. En el centro de la escena había una mujer también hermosa, vestida hermosamente que hablaba por teléfono y sonreía con su dentadura hermosa. Una postal. Un anuncio de centro comercial. Pensé en que esa mujer jamás podría hacer el ridículo ¡Era tan perfecta! Imaginé que si un pájaro la cagaba, ella sonreiría al cielo y se limpiaría su blusa impecable sin dejar rastro. Imaginé que si se caía, llegaría un hombre guapísimo a rescatarla y se irían juntos por ahí. Parece que hay gente a salvo del absurdo y no sólo porque aparenten perfección sino porque saben esquivarlo con gran habilidad. Pero el verdadero ridículo más allá del incidente vergonzoso es ese que queda cuando, después del hecho en sí, todo lo demás se disipa, incluso la dignidad. Esta pérdida de la dignidad va desde caerse despatarrada y enseñar los calzones, hasta humillarse de formas absurdas cuando queremos llamar la atención de alguien sin éxito alguno. Miramos atrás y es entonces cuando sentimos el peso del ridículo.

Pese a todo, lo ridículo es profundamente humano. Nunca he visto a una cebra haciendo el ridículo y unas flores no son ridículas de por sí en su ambiente natural.  Pueden ser toscas en un adorno que ha pasado por la mano humana o puede un perro ser grotesco gracias a su dueño.  El sentido del ridículo, por lo tanto, es relativo: puede que algo a ti no te parezca ridículo pero a mí sí. La cuestión es que creo que antes no tenía tan desarrollado el sentido del ridículo ¿Será la edad?  Siempre me ha jactado de saber reírme de mi misma ¿Será que estoy perdiendo el sentido del humor?

Será, tal vez, que los ridículos que me importan ya no tienen que ver con cantar a gritos en una borrachera o con montar escenas de celos, sino con esa sensación de perder crédito, de que lo que antes consideraba maravilloso ahora es irrisorio, de que tal vez madurar tenga que ver con tomarme más en serio, con exhibirme menos, con dejar de insistir en aquellas cosas que pueden volverse un adefesio en cualquier momento por un juicio propio o ajeno.

Mi miedo al ridículo tiene que ver sobre todo, con el tema de la escritura. Ya no me perdono cosas que antes sí y siento que mis textos se desploman espantosamente (a lo mejor esta misma carta es un testimonio de ello pero me excusaré diciendo que es un ejercicio de pura divagación en modo casi automático). El ridículo es bien doloroso y, por idiota que parezca, a veces prefiero no escribir algunas cosas solo para ahorrarme esa sensación tan chocante. Además de ridícula, me azoto.

En un mensaje me decías algo de la vergüenza. Creo que está bastante emparentado el tema aunque a la vergüenza la encuentro un poco más decorosa que al ridículo ¿Tú qué piensas?

Estas reflexiones sobre lo ridículo tienen que ver, en menor grado, con otro suceso que no te voy a explicar ahora pero que ya te contaré cuando nos toque café o cerveza y M y S se hayan dormido después de comer su pizza.  No es cuestión tampoco de orearlo todo ¡Qué vergüenza! Solo te puedo decir que tangencialmente también tiene que ver con las palabras. A lo mejor por eso se reforzó la obsesión... en fin...

Ojalá esta carta sea la primera de muchas, muchas.

Besos y cariños,

Posmonauta B. 

jueves, noviembre 22, 2012

Poesía en los zapatos


Mañana leo y estreno un poema largo.
Quizá después haga la crónica del evento.  No prometo porque nunca cumplo.

sábado, octubre 20, 2012

Sábados que existen



Supongo que habrá miles de campos de futbol en todo el mundo.  Supongo que todos los sábados miles de padres y miles de hijos cumplen el ritual de levantarse temprano y salir a animar los unos, a jugar los otros. Supongo que se irán a comer contentos o frustrados con sus derrotitas y sus pequeñas victorias. Pero también supongo que para ellos es el epicentro de algo importante, de crecer y ver crecer, de la salud personal y familiar, de la rutina que juega a romperse con la rutina misma.
Veo salir a los niños con sus grandes maletas pegadas a sus pequeños cuerpos y despedirse de los demás mientras los padres se quedan en grupos o adentro del auto. Algunos padres van en pareja y otros van solos: división de las tareas domésticas o división de la vida conyugal.  Algunos me miran pero finjo esperar al hijo que no tengo: se llama Bernat y lleva el 10 en la espalda. Se puso feliz cuando pudo elegir ese número: “como Messi” me dijo y yo le sonreí porque el hijo que no tengo no es muy hábil con el balón pero se esfuerza bastante y sobre todo se divierte y a fin de cuentas eso es lo que una como madre de hijos inexistentes espera de ellos: que sean felices, que se diviertan y que gocen los sábados.
Quiero seguir mirando sus uniformes rojos y sus uniformes azules, sus caras alegres o tristes, sus vidas que sí parecen vidas, sus abrazos y sus palmadas en el hombro.  Se me diluye el hijo que no tengo cuando veo que todos se han marchado ya. Entonces empiezan a entrar otros niños un poco más grandes. Unos van solos y otros con sus padres que cada vez llegan menos en pareja por aquello de las divisiones.
Supongo que uno de esos padres que va solo se sentará en la grada para animar a su hijo que hoy jugará desde que empieza el partido. Supongo que en algún momento la vista se le perderá en el verde y el pensamiento vagará por cuestiones que nada tienen que ver con el niño ni con el deporte. Olvidará por unos segundos que tiene un hijo jugando a unos metros porque él estará pensando en cómo resolver una situación que de tanto en tanto le agobia. Supongo que se sentirá un poco confundido  y  entonces mirará  de reojo cómo su hijo acaba de ejecutar un pase clave para el gol de la victoria. Un pase increíble que lo sacará del marasmo y le hará gritar “Molt bé, Bernat” porque como padre de hijos que existen y que corren por el campo de futbol lo que se espera de ellos es que sean felices y que cumplan sus metas aunque a veces se desee tener un sábado de esos que ya apenas existen: un sábado de soledad para leer, para escribir, para ver alguna película, para salir a tomar algo y para inventarse seres que no existen.

martes, octubre 02, 2012

La fascinación por los mapas


En la novela “El mapa y el territorio” de Houellebecq, Jed, el protagonista, se dedica a fotografiar mapas de la guía Michelín como parte de un proyecto artístico. Su exposición se titula “EL MAPA ES MÁS INTERESANTE QUE EL TERRITORIO” y me parece que en torno a esa premisa gira toda la novela. Pero yo no vine aquí a hablar de este libro, o al menos, no de momento. Me interesa de la novela el nombre, la representación que es en sí (un mapa de las frivolidades) y la representación de las representaciones.
Según Franco Farinelli, un geógrafo italiano, hoy en día el mapa precede al territorio porque buena parte de nuestro mundo está basado en representaciones y, siguiendo a Heidegger, recuerda que los occidentales creen que la representación del mundo es el mundo. En este modelo de la modernidad, dice Farinelli, se prevé que el sujeto esté inmóvil.
Siempre he sentido fascinación por los mapas geográficos. Por los mapas en sí porque a mí rara vez me representan la realidad. Muchas veces me he perdido con el mapa en la mano porque voy caminando en dirección contraria. Antes me angustiaba eso, pero después aprendí que hay cierta gracia en perderse, sobre todo cuando se está de vacaciones. No me gusta preguntar a la gente en la calle porque no confío que su lógica y la mía puedan hacer intersección en un plano mental que me lleve al lugar indicado. Pienso raro.  Mi fascinación por los mapas se vio reforzada cuando trabajé en una cartoteca a la que entré con cierto desánimo porque yo prefería la biblioteca. Ahí aprendí a sacar escalas para mapas pequeños, a guardar correctamente los planos de papel en esos cajones que parece que albergan muertos y me liberé de estar acomodando cientos de libros en los estantes. En la cartoteca vi que la gente, además de los mapas que necesitaba, solía pedir mapas sobre sus pueblos y ciudades. Hay una necesidad intrínseca por ver la representación de lo habitado. Supongo que es práctica habitual buscar lugares conocidos en el Google Maps. Yo lo hago con frecuencia para visitar la casa de mi madre, después deposito al mono amarillo en el street view y lo obligo a hacer el recorrido a la tiendita, pero el grado de detalle no da para ver los cigarros y la coca cola que yo compraría.
Todo lo anterior venía a cuento después de ver la exposición “Cartografías contemporáneas” y pensar en que encontraría además de estos mapas físicos, otras representaciones. Todo puede ser representado. Y yo creo que por esta fascinación derivada de los mapas geográficos, que son los primeros que conocemos (“¿me da un mapa de la República Mexicana con división política y sin nombres?”), me gustó tanto el enfoque de Análisis de Redes y sus posibilidades de representación visual. Por eso eché muchísimo de menos que en la exposición no hubiese un apartado más grande dedicado a la representación de redes ahora que está de moda con la popular creencia de que los que hacemos redes nos dedicamos al Internet. Yo pensé que enfocarían el potencial en los grafos de redes, por su actualidad y porque no dejan de ser mapas en donde los sujetos están estáticos, sí, pero la capacidad interpretativa de las ciencias sociales los pone en acción. Me llevé un pequeño chasco aunque la exposición en sí está muy bien montada y hay un montón de material interesante.
Cuando descubrí el programa Gephi me puse a redearlo todo. Y como buena dispersa que soy, en lugar de centrarme en mi tema, me puse a hacer composiciones poéticas en redes, a graficar la endogamia de mi clan tlaxcalteca, a graficar mi pasado y a hacer mi egroed y la de otros.
Casi todo es susceptible de ser explicado y simplificado con una representación (discúlpeseme la posmodernidad) y en eso me entretengo. Por eso cuando encontré el fichero de la novela “Los miserables” de Víctor Hugo me dediqué a jugar con ella un buen rato suprimiendo personajes y visualizando la historia.  El gráfico de aquí abajo (que ya estoy suponiendo que no podrá visualizarse en toda su plenitud) muestra a los personajes, a los grados (Indegree/outdegree) y, para esta representación, los agrupé en modularidades o subredes. Quien se haya leído la novela, encontrará la lógica. Quien no, puede regodearse en la representación por sí misma aunque no sea más interesante que el territorio. Esto no es una novela, los mapas no son el mundo, pero como toda fotografía, tiene su punto de curiosidad por la inmovilidad de los elementos y por la presentación de un momento que nos sugiere un todo, un alguien, un lugar. Un todo conocido o un todo desconocido. En ambos casos, el mapa, remite a una realidad o a sí mismo como realidad per se.

                                              

domingo, septiembre 30, 2012

Karma dominguero de la Línea1



Este iba a ser un post bien documentado y reflexivo sobre una exposición que acabo de visitar y que tiene que ver con mis temas de investigación y blablablá, pero, como siempre, me pierde el maravilloso mundo de la anécdota insulsa.
Venía domingueando despacio, sin prisa ninguna por volver a casa, intentando estirar las últimas horas de la tarde.  Me detuve en la boca del metro y me acodé como si estuviera esperando a alguien, fijando la vista en el teléfono y viendo a la gente que subía por las escaleras eléctricas.  Un chico me mira y está a punto de saludarme pero se arrepiente. Yo no correspondo al gesto y sigo con mi pose de espera. El chico se coloca cerca de mí y es evidente que también espera a alguien así que lo miro y doy un paso hacia él. Él vuelve a mirarme y entonces pienso que seguramente quedó con alguna mujer que no conoce y por eso está desubicado. Puede ser que esté esperando a una chica a la que venderá algo que anunció en Internet. También puede ser que sea la amiga de un amigo o una cita a ciegas. Esto último me parece menos probable pero convierte a la anécdota en historia. En una historia fallida, auguro, pero en una historia.
Siento que tengo el control sobre una especie de breaching experiment. Recuerdo a Garfinkel y a sus experimentos de ruptura del sentido común y viajo en el tiempo unos cuantos años, cuando me daba por hacer estas cosas con cierta frecuencia con el entusiasmo de la recién descubierta sociología. Había que teorizarlo todo, tenía esas ganas.  Veo que el chico sigue esperando y lo vuelvo a mirar pero ahora con un poco de insistencia, entonces por fin se acerca y me dice: ¿Gabriela? y le contesto que no con ensayada naturalidad porque esperaba este momento.  De hecho, mi pequeña victoria consistía en que el tipo por fin me preguntara si yo era aquella. Pequeñas victorias estúpidas para diminutas crueldades cotidianas. Antes de que se girara a seguir buscando a Gabriela, un par de nórdicos me preguntan que qué es eso que está enfrente. Les contesto que es una antigua plaza de toros convertida en centro comercial. Se los digo con un tono indignado, como diciendo “vaya mierda”, pero a ellos les entusiasma la idea, me dan las gracias y se disponen a cruzar la calle. Cuando volteo, el chico ya está con Gabriela. Gabriela es mi antítesis. Estoy segura que el chico tenía la descripción pero parece ser que hoy en día cualquier mirada ya es una afirmación o una pregunta.
Me subo al metro pensando en la tontería que acabo de hacer y me río. El vagón no viene lleno pero tampoco hay asientos y me quedo de pie. Un par de paradas después, un hombre saca un cuaderno y se pone a dibujar.  Pienso que dibuja a la chica que está detrás de mí, así que me muevo con todo y mi complejo de muro. En Urquinaona sube bastante gente, la puerta abre del otro lado y en esos reacomodos logro ver el cuaderno de reojo y alcanzo a ver un rizo como el que se me hace junto a la oreja, una oreja y mi arete. Una cadena cortita que sostiene tres bolitas y remata en una gota: inequívocamente es mi arete. No sé qué hacer.  Finjo que no me doy cuenta pero yo no me muevo. Volteo a ver a la gente que viene sentada y al girar la cara hacia  donde la tenía, levanto un poco la cabeza para disimular papada. El dibujante es discreto. Apenas me mira pero una mujer que viene atrás de él observa alternadamente la hoja y mi rostro. Me parece que voy en un tren y que la siguiente parada es en el próximo pueblo que está a miles de kilómetros.  
Vuelvo a girarme y veo que hay chicas muy guapas, que debió dibujarlas a ellas. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? pienso mientras procuro no ponerme roja como un tomate, cosa que me ocurre a la menor provocación.  Recuerdo al chico de hace rato y lo incómodo que lo hice sentir y rumio esas cosas del karma en las que nunca creo pero, caray, todo es muy raro. Empiezo a sentir angustia pero sé que no es una angustia nueva, es otra que ya traía puesta pero que entre museo y experimentos sociales había puesto entre paréntesis. Me siento invadida y, confieso, un poco halagada. Y cuando cavilo en el halago, enseguida pienso si no es un hombre que colecciona retratos de las mujeres más feas que ha visto en su vida. Me miro en las puertas del metro y pienso que no estoy fea. Bueno, no tan fea como para pertenecer al catálogo de las Grandes Obras Maestras de la  Fealdad Humana.
El hombre baja en Sagrera y no puedo ver el resultado. El metro vuelve a su velocidad habitual y la mujer que miraba el dibujo me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Creo que me merezco la incomodidad por estar buscando interacciones con desconocidos sólo por el gusto del  experimento. Me lo merezco y entiendo el sentido del castigo redentor. En mi pequeño universo de diminutas perversidades, todo vuelve a quedar en orden. Suspiro muy hondo y la angustia reverbera. Mañana es lunes.