Al atardecer, el sol hizo visibles los añicos tornasoles de su antigua casa. Con las cuatro patas que le quedaban, buscó una esquina bien situada y protegida. Después de varias vueltas de dos derechos y un revés terminó la fina redecilla. Su vida parecÃa tener sentido y pese a sus limitaciones fÃsicas, seguÃa siendo la mejor maestra de tejido del barrio. Pero aún para la más experta, no hay peor enemigo que un plumero.

(Foto tomada por Pedro Pardo)
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