sábado, enero 08, 2005

Un modelo para armar, pero nunca para desarmar

Todo empezó con un tornillo. Ajá, el típico lugar común: "Se te cayó un tornillo" y escuché el "clanc" pero jamás lo encontré. Le resté importancia al asunto y empecé a sentir floja la cordura.
Después me dí cuenta que mi cara de rosa no embonaba con mi cuerpo de sandía, y obligué a la sandía a convertirse en tallo de flor. Lo más que logré fue que le salieran espinas y entonces la sandía se transformó en erizo.
Un erizo necesita un corazón de erizo, así que quise cambiar al caracol que hacía las veces de músculo cardiaco por un corazón de erizo. No hubo en existencia y cuando obligué al caracol a volver a su lugar, se había salido de su casa. Rellené el caparazón con media docena de arañas que intentaron aferrar sus patas a otros corazones. Mala idea. Por lo general a la gente no le gustan las arañas. A mí me encantan y por eso empecé a dejarlas construir sus redes sobre mi cabeza. Me hicieron un sombrero con red como el que tenía mi abuela, pero más tétrico y hermoso. Un sombrero que tapara mis ojos de Medusa. Tienes fuerte la mirada, dijo uno y cuando se hizo de piedra lo puse a rodar cuesta abajo. Tienes fría la mirada, dijo otro que trató de huír a otros ojos más térmicos congelándose en el intento.
Cuando pretendí cambiar mis manos de enredadera que se aferraban a todo y hacían despliegue verde en cualquier pared, le robé las manos a Edward Scissorhands y también le robé un beso que me puse de arete en la aleta de la nariz. Herí a diestra y siniestra, queriendo y sin querer. Me mutilé algunos motivos piadosos y recorté las sombras al tamaño de su justa dimensión. Jamás he estado conforme con mis manos. Las he cambiado por guantes de box, por patas de pollo, por alas de murciélago, por pinzas de depilar. El último par son estos pulpos que con su tinta escriben.
Con el paso de los años me armo y me rearmo a voluntad. Algo bueno debía tener ser un saco de refacciones inconexas. Alguna utilidad habrá en tantos trozos de incongruencia y latas de refresco vacías. Me reciclo, me obligo a existir contra natura. Y si me pesa mi monstruosa existencia, también la encaro con cinismo y malas mañas.




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